AUSCHWITZ BIRKENAU

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Misiva de unas almas que un día vistieron de rayas

El tiempo nos perpetuará...

Siento que se esfuman, las vidas de mis amigas.

De mis compañeros de viaje y de la infancia.

Siento las piedras como se clavan en los cansados pies

que casi ya no andan.

Caminamos juntos a duras penas, oigo gritos, maltrechos de esperanza.

Nos avientan  por un camino empedrado, abrupto .

Más allá una chimenea enloquece a borbotones.

Allí guardan fila mas de mi gente, cabizbajos.

Siento sollozos que aclaman clemencia.

Llegamos confusos, algunos de mis amigos siguen jugando.

Otros tantos observan  el tumulto, la angustia el miedo.

El hedor se acrecienta y el humo negro se condensa.

Mis compatriotas se resignan.

Poco a poco nos quitan las madres la ropa,

Los zapatos a un montón, los pantalones a otro, las maletas ordenadas.

Ellas también desnudas, temblorosas, siento vergüenza.

Me entristeció dejar mis zapatos  junto a los otros, tenían una suela alta y eran muy cómodos.

Me hacían más alta, más esbelta.

Me los compro mi madre una tarde de primavera, verdaderamente eran preciosos, espero recuperarlos cuando todo concluya, los deje en un sito visible.

Estamos en una larga y sinuosa fila, la gente se aísla en un rezo, ahogados en el silencio,en la oscuridad de unos parpados estañados. La vergüenza, la incertidumbre a unos les pesa. El honor, la gallardía a otros les desborda.

Creo entender poco a poco, pero todavía no se qué sucede.

Mi madre tras de mí no habla, yo no pregunto.

Alzo la mirada al frente.

Una puerta confina a montones de gente, y avanzo unos cuantos metros.

Recuerdo por un instante las estiradas columnas de niños en los parques,

esperando subir a las atracciones , o para comprar golosinas y pajaritas .

Cierro los ojos y observo a mis amigos, a mi gente, ríen, se divierten.

Esbozo satisfacción.

Madre me toca suave para que siga avanzando.

Mi hermana pequeña duerme en sus brazos.

Por mi mente mi padre se pasea, deseo estar con él, jugar y hablarle.

Físicamente no está, desapareció al arribar el tren.

No puedo contar con él, pero sé seguro que está bien.

Me extraña  no ver salir a nadie por otra puerta.

Es una casa no muy grande, la gente entra y entra y nadie sale.

La mirada se desliza por la fachada de la estructura, y en lo alto de una chimenea se recorta el plomizo cielo.

Huelo a carne quemada, intuyo muerte.

Entiendo que nos van a trasformar en humo.

Mi madre me mira dulcemente, ella hace tiempo lo sabía.

Me susurra - “tienes que ser fuerte”

- ¿Cómo papa?

- ¡Como papa!.

Unos de los guardias entre abre la puerta y nos grita ferozmente.

Nos hallamos dentro y el miedo se atolla en el pecho.

La gente llora y mi madre me abraza, el suspiro es lento... firme.

Por las trampillas arrojan el gas letal, entre la consternación y el terror mi alma se evapora.

La vida me pasa galopante por la mente mientras la puerta adormece la última ráfaga de luz.

Creo esfumarme en un instante, como el vuelo de una gaviota que libremente bate el cielo.

Creo divisar a mi padre mirar enloquecido la boca de la chimenea, mi madre y mi hermana van conmigo.

Yo le grité extendiendo mis brazos transformados en ceniza entre la humareda.

Te esperamos pronto, no sufras, no llores, desde el cielo todo se ve más claro.

El tiempo algún día nos perpetuará...

                         

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